Cuando perdiendo, ganas
¿Tu familia te ha dado la espalda alguna vez? ¿Tus amigos?
Si la respuesta es sí, tienes que leer esta historia.
Es la historia de un hombre al que su propia familia abandonó por perseguir su sueño, que casi muere en llamas, y que aún así regresó.
Pero más importante que la historia, te quiero compartir la decisión final que tomó, una decisión que en su época lo destrozó, pero que a mí me parece de las más inteligentes que puede tomar un ser humano.
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El protagonista se llama Niki Lauda.
Nació en Viena, Austria.
Y lo primero que tienes que entender, porque sin esto la historia no se entiende: los Lauda eran ricos de generaciones atrás.
Una de las familias industriales y bancarias más poderosas de toda Austria.
Si te apellidabas Lauda, te abrían todas las puertas del país sin tener que tocarlas.
Desde niño, el destino de Niki estaba escrito. Iba a heredar un imperio.
Y entonces, a los 19 años (yo te pregunto qué estabas haciendo tú a los 19) Niki hace algo que parte a la familia en dos.
Reúne a sus papás y a su abuelo y, con una voz muy calmada, les dice que ha tomado una decisión.
Que se va a convertir en piloto profesional de carreras de autos.
Y aquí entra el villano de la primera parte: el abuelo, Hans Lauda. El patriarca de la dinastía.
Cuando Hans escucha esto, con una crueldad fría, fría, fría, le suelta una sola línea:
Un Lauda en los periódicos de carreras es una vergüenza para esta familia. Si decides ser corredor de autos, no vas a heredar un solo centavo.
Y aquí me detengo.
Porque pocas cosas en la vida son más difíciles que procesar el rechazo de tu propia familia.
Cualquier otro rechazo, con trabajo y terapia, lo masticas y sigues.
Que un jefe te diga que no. Que un cliente ya no quiera trabajar contigo.
Pero que tu propio abuelo, tu propia familia, las personas que se supone que te van a querer pase lo que pase, te suelten la mano por perseguir un sueño, eso te marca para siempre.
Y yo te pregunto a ti que me estás leyendo.
¿Alguna vez tu propia gente, amigos cercanos, gente de confianza, te ha dicho que tu sueño es una tontería?
Porque si te ha pasado, sabes exactamente cómo se sintió Niki esa tarde en Viena.
Niki sale de la mansión sin un solo peso.
¿Y qué hace?
En lugar de regresar a pedir perdón, en lugar de bajar la cabeza, camina a un banco y pide un crédito.
El banco, lógicamente, le dice: ok, ¿pero cómo nos vas a pagar? ¿Cuál es tu garantía?
Niki llena los papeles y pone como garantía su propio seguro de vida.
Es decir, le dijo al banco: si me mato corriendo autos, ustedes cobran el seguro. Si no me mato, les pago con lo que gane.
Un muchacho de 19 años apostando su propia muerte por una oportunidad de cumplir su sueño.
Pero la historia no se acaba ahí.
El abuelo Hans se entera.
Y como tiene influencia en los consejos de varios bancos de Austria, mueve los hilos y le bloquea el préstamo a su propio nieto.
Aquí muchos, incluso yo, hubiéramos dicho: ya se acabó el sueño.
Pero no Niki.
Niki va a otro banco. Y a otro. Y a otro.
Hasta que unos banqueros le ponen condiciones mucho más agresivas, pero aceptan financiarlo.
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Con ese dinero prestado, Niki ya estaba corriendo. Pero todavía no en su sueño, la Fórmula 1.
Estaba en la Fórmula 2, haciendo fila, esperando su turno.
¿Y cuál era el problema?
Que en esa época, para subir de la Fórmula 2 a la Fórmula 1, no bastaba con manejar bien.
Los equipos le daban un peso enorme a los pilotos que trajeran dinero.
Y Niki lo único que tenía eran deudas.
Entonces, en 1973, hace una de las jugadas más audaces que te he contado.
Consigue una cita con los directores de un equipo de Fórmula 1 llamado BRM.
Y a la reunión lleva a un banquero austríaco que no habla inglés.
Niki traduce toda la reunión, porque la idea era que ese banco iba a financiar su participación.
Pero hagamos una pausa para entender lo que realmente estaba pasando.
Ese banquero no era banquero.
Era un amigo personal de Niki.
Niki había armado toda la escena para convencer ficticiamente a los dueños del equipo de que un banco los iba a apoyar, lo cual era completamente falso.
Imagínate a estos dos compadres con el nervio de quizás nos van a descubrir.
Y con puro descaro y nervios de acero, Niki consiguió lo imposible: su primer asiento en la Fórmula 1.
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Mayo de 1973. Gran Premio de Mónaco.
Una de las carreras más glamurosas y mediáticas del deporte. Van príncipes, los hombres más ricos del mundo, leyendas del arte.
Si quieres llamar la atención en la Fórmula 1, Mónaco es el lugar.
Y Niki, ese día, en un coche mediocre del equipo BRM, da una vuelta tras otra con una precisión quirúrgica que ningún piloto novato hacía en aquella época.
Entre toda la gente que veía la carrera había un señor mayor, callado, observando.
Era el dueño de una de las escuderías más legendarias del automovilismo.
Se llamaba Enzo Ferrari.
Enzo observa a este niño austríaco, voltea con su asesor y dice:
Quiero conocer a este niño. Consíganme datos sobre él.
Días después, Enzo lo recibe en Maranello, el gran templo del automovilismo mundial.
Niki le cuenta que tenía una enorme cantidad de deudas con un banco en Austria.
Y Enzo hace un cálculo mental: si quiero a este niño, pago sus deudas. Todas.
Imagínate ser Niki.
Después de cuatro años de pelearte con el mundo entero, de pedir prestado contra tu propia vida, de que tu propia familia te haya dado la espalda, recibes esa oferta de la leyenda más grande del automovilismo.
Y la fe de Ferrari se paga rápido.
En 1975, dos años después de aquella tarde en Mónaco, Niki Lauda gana su primer campeonato mundial de Fórmula 1.
¿Qué edad tenía? 26 años.
Y aquí es cuando Niki se sentía absolutamente intocable.
Llevaba cinco victorias en la primera mitad de 1976. Le sacaba 23 puntos de ventaja a su rival más cercano, un piloto británico súper fiestero y carismático llamado James Hunt.
En Fórmula 1, sacar 23 puntos a mitad de temporada es prácticamente decir el campeonato es mío.
Pero pon atención, porque hay algo muy curioso de la condición humana que a ti y a mí nos ha pasado o nos va a pasar.
Cuando estás ganando y ganando y ganando, sin darte cuenta empiezas a creer en tu disciplina, en tu inteligencia, en tu técnica, a un punto en donde crees que no puedes fallar.
Sientes en las tripas que tú controlas todo.
Y esa sensación de control se siente increíble.
Es una droga poderosísima.
Hasta el día que se rompe.
Y a Niki se le rompió el 1 de agosto de 1976, de la peor forma posible.
Agárrate, que viene una escena brutal.
Gran Premio de Alemania. El circuito legendario de Nürburgring.
Casi 23 kilómetros serpenteando por un bosque. Cuatro veces más largo que el promedio de los circuitos de hoy.
¿Por qué importa eso?
Porque si tenías un accidente en el lado más lejano de la pista, la ambulancia podía tardar hasta 15 minutos en llegar.
Los pilotos lo habían bautizado como el Infierno Verde.
Días antes, Niki, sabiendo que iba a llover, convocó a una asamblea de pilotos y les pidió que boicotearan la carrera. Que era demasiado peligroso correr con tanta lluvia en ese circuito.
Niki perdió la votación.
Y contra su propio criterio, contra su propia intuición en la tripa, se subió al auto ese día.
Vuelta número 2.
Algo falla en el monoplaza.
El auto se desvía a casi 190 kilómetros por hora, choca contra un terraplén, rebota al centro de la pista y se incendia.
Niki queda atrapado dentro de un auto completamente en llamas.
Y quiero que mentalmente trates de entender esto:
55 segundos se quedó sentado dentro del incendio.
Cuenta tú más de 50 segundos. Es una eternidad.
No se podía zafar el cinturón de seguridad.
Y entonces pasa algo que parece de película, pero es real.
Cuatro pilotos rivales, sus enemigos que venían corriendo detrás de él, ven el accidente, detienen sus propios autos en plena carrera, se bajan y se lanzan hacia el fuego.
Uno de ellos, un italiano llamado Arturo Merzario, que había manejado para Ferrari, conocía perfectamente cómo funcionaba ese cinturón.
Se mete a las llamas, lo libera, y entre los cuatro arrastran a Niki fuera del auto.
Esos cuatro pilotos, sin planearlo, sin entrenamiento, acaban de salvarle la vida.
Yo no creo en las coincidencias, yo creo en Dios.
Y creo que cuando a alguien le toca seguir, le toca seguir. Aunque tengan que aparecer cuatro ángeles en una pista de carreras.
Trasladan a Niki a un hospital en Alemania.
Y pasan dos cosas en paralelo.
Por un lado, los médicos le dicen a su esposa Marlene que, por todo lo que Niki respiró durante esos 55 segundos, no creen que sobreviva las próximas 48 horas.
Le piden que se prepare para lo peor.
Por otro lado, en cuidados intensivos, Niki está acostado, completamente inmovilizado, la cara cubierta de vendas porque está completamente quemado.
Los médicos creen que está inconsciente.
Pero él está atento, escuchando todo.
Visualiza esta escena, porque es fuerte.
Se abre la puerta y entra una persona que empieza a hablar en latín.
Es un sacerdote.
Le está dando los santos óleos.
Básicamente le está diciendo: hermano, vas a morir, que Dios te reciba en la siguiente vida.
¿Y sabes qué hizo Niki Lauda 42 días después de recibir los santos óleos?
Llegó al taller de Ferrari y se subió de nuevo al auto.
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La carrera siguiente era el Gran Premio de Italia, en Monza.
Y el regreso no fue heroico de inmediato.
El viernes, en los entrenamientos, Niki se sube al auto, da unas vueltas, y le da un ataque de pánico.
El miedo, después de todo lo que vivió, lo paraliza.
Mete el auto a los boxes, se baja, se va al hotel solo, se encierra en su cuarto, y posiblemente se puso a llorar.
Y aquí entra una herramienta que él mismo bautizó como su método analítico.
Niki, en lugar de huir, agarra el miedo como si fuera un problema de ingeniería y lo descompone en partes más pequeñas.
Identifica qué le genera el miedo, por qué, y qué puede hacer mañana para procesarlo.
El sábado vuelve a la pista. El domingo corre la carrera. 52 vueltas a velocidad de Fórmula 1.
Termina cuarto lugar.
42 días después de que un sacerdote había asumido que iba a morir.
Eso, en el deporte, no es un simple comeback. Es una resurrección.
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Y llegamos a la última carrera del año. 24 de octubre de 1976.
El campeonato se decidía otra vez entre Niki y James Hunt.
Niki llegaba con tres puntos de ventaja.
Si terminaba cerca de Hunt, se llevaba el título.
Pero ese día, en Japón, cayó una lluvia torrencial tremenda, con una niebla densísima.
Niki sale, y desde la primera vuelta empieza a sentir miedo.
Piensa en la cantidad de lluvia, en el riesgo, en los otros pilotos.
Y empieza a acercarse a una decisión bastante complicada.
Se pregunta si debe abandonar la carrera.
Una persona como yo, que no soy profesional del deporte, sí me puedo dar el lujo de preguntarme eso.
Pero un piloto de Fórmula 1 no tiene ese espacio.
Imagínate el nivel de presión.
¿Y qué decidió Niki?
Aprendió de lo que había vivido y se salió de la carrera.
Cuando los directivos de Ferrari entienden lo que pasa, corren hacia él:
Niki, dile a la prensa que el auto tuvo una falla mecánica. No puedes decir que te bajaste por miedo. Eso destruye tu reputación y la de Ferrari.
Y Niki les contesta con una frase que en aquella época fue extraordinariamente controvertida y mal vista.
Cito textual:
Mi vida vale más que un título mundial.
Esa tarde, James Hunt terminó tercero y ganó el campeonato por puntos.
La prensa lo destrozó durante semanas.
Lo llamaron cobarde. Mediocre. Blando. Indigno de Ferrari.
Y aquí te quiero compartir una frase que recordé trabajando en este episodio.
Una frase que a través de los años me ha compartido uno de los seres que más amo en el universo, mi papá:
Cuando perdiendo, ganas.
Porque Niki sabía que si seguía, podía tener otro accidente grave. Y tal vez esta vez no la iba a contar.
¿Y qué pasó después?
El hombre al que la prensa llamó cobarde, al año siguiente, en 1977, regresa.
Y vuelve a ser campeón mundial con Ferrari.
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Cómo implementar este aprendizaje en tu vida cotidiana
Hay pilotos que han ganado más campeonatos del mundo. El objetivo no es meternos en esas comparaciones.
El objetivo es entender qué decidían y cómo enfrentaban sus retos estos grandes personajes, para que tú y yo podamos enfrentar mejor las crisis de nuestra vida.
Y el gran aprendizaje, para mí, es muy claro:
Cuando perdiendo, ganas.
Es sumamente difícil tomar esta decisión.
Pero hay momentos en la vida en donde salir de un trabajo, terminar una relación, cambiar un negocio, soltar algo, es lo más inteligente que puedes hacer.
Y es bien complejo, porque todos los que tenemos grandes sueños tenemos esta mente de más y más y más.
Te he contado muchas historias de gente que nunca se dio por vencida.
Por eso esto es tan difícil.
Yo le llamo el misterio de la vida.
Pero pienso firmemente que una de las decisiones más inteligentes que puedes tomar es saber cuándo detenerte y cuándo salir de algo.
Si hay algo que resuena en tu tripa, en tu corazón, en tu cerebro, sobre algo que tienes que dejar, atiéndelo.
Los sueños se cumplen.
Aléjate del 97%.
Tu amigo,
Humberto.
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A esa edad 19 años estaba estudiando medicina y sí, hay ocasiones en dónde serás juzgado por decir no y esperar el tiempo adecuado es lo mejor que puedes hacer?