Eres ridículo
Lo que vas a leer hoy es para cualquier persona que tenga un sueño del que todos se burlan.
Es la historia de un señor al que su pueblo entero ridiculizaba, y que terminó logrando algo que en más de 50 años nadie en el planeta ha podido superar.
Pero más importante que la historia, te quiero compartir lo que aprendí de él sobre perseguir un sueño aunque te cueste la vida.
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Visualiza la escena.
Es de madrugada en Nueva Zelanda. Hace muchísimo frío.
Estamos dentro de un cobertizo viejo, de madera y láminas oxidadas.
Un solo foco encendido, luz tenue.
Y debajo del foco, un hombre mayor, con las manos negras de aceite, llenas de cicatrices de herramientas marcadas a través de las décadas.
Está fundiendo metal dentro de un molde de arena que él mismo armó.
A su lado, ejes rotos de camiones Ford que sacó de un basurero, pedazos de tractores que recogió abandonados.
Y los está convirtiendo en el motor de una motocicleta.
Atrás de él hay una estantería larga, llena de pistones quemados, bielas torcidas, válvulas reventadas, docenas de pedazos de fierro destrozados.
Y arriba de la estantería, un letrero:
Offerings to the God of Speed.
Ofrendas al dios de la velocidad.
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Este compadre se llama Burt Munro.
Nació en 1899.
Y para el momento en que empieza la historia, ya es un abuelo, con una edad en la que la gente de la época ya está retirada, viendo televisión, yendo al bar local por una cerveza.
Pero Burt, desde niño, tenía una obsesión enfermiza. Un sueño.
De esos que no te puedes quitar de encima. ¿Te ha pasado?
En 1920, a los 21 años, compró una motocicleta marca Indian.
¿Velocidad máxima? 90 kilómetros por hora.
Una moto pesada, anticuada, hecha para pasear los domingos. No era una moto de carreras.
Y Burt tenía un solo sueño, que cualquier persona razonable habría considerado una locura:
Convertir esa motocicleta en la moto más rápida del mundo.
Aquí me detengo.
¿Tú alguna vez has tenido un sueño que toda la gente, tu familia, tus amigos, tus compañeros, te dicen que es ridículo?
Que cuando lo cuentas en una comida familiar te voltean a ver como ¿qué le pasa a esta persona?
Pues así había vivido Burt todos los días de su vida.
De día trabajaba como vendedor y mecánico de motos para llevar dinero a casa.
Pero todas las madrugadas, todos los fines de semana, todo su tiempo libre, iba directo a la Indian.
Y aquí está lo admirable.
Burt era estrictamente pobre. No podía comprar piezas profesionales.
Entonces fundía los pistones él mismo en su garage.
Cortaba las válvulas a mano.
Tallaba las llantas con un cuchillo, una por una, para que tuvieran mejor tracción.
Usaba radios de bicicleta como instrumentos de medición y latas de conservas como crisoles para fundir metal.
Y cada vez que un pistón se quemaba, cada vez que una biela se rompía, cada vez que el motor explotaba en plena prueba, Burt no lo tiraba a la basura.
Lo levantaba, lo limpiaba, y lo ponía en esa estantería de ofrendas al dios de la velocidad.
Era su mensaje al universo:
Mi sueño sigue vivo. He cometido muchos errores, he aprendido de ellos, y sigo adelante.
Esa mentalidad es alejarse del 97%.
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Las décadas pasaron.
Burt eventualmente se mudó a vivir al taller. Dormía en un colchón tirado en el suelo, al lado de la moto.
Renunció a las comodidades de una casa porque cada peso tenía que ir a la Indian.
Y en 1962, con 63 años, se le metió algo en la cabeza:
Es momento de intentar cumplir el sueño en el mejor lugar del mundo.
Bonneville Salt Flats, en Utah.
Un desierto completamente plano, cubierto de sal. El mejor lugar del planeta para romper un récord de velocidad.
Pero Burt no tenía patrocinadores, ni equipo, ni dinero.
¿Sabes cómo se pagó el viaje desde Nueva Zelanda hasta Estados Unidos?
Se enroló como cocinero en un barco de carga oxidado, cocinando para una tripulación que pensaba que estaba loco, mientras la moto iba abajo en la bodega, amarrada con cuerdas.
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Y aquí viene la escena más bonita de toda la historia. Pon mucha atención.
Burt era el bufón del pueblo. El objeto de las burlas recurrentes de todos sus habitantes.
Un grupo que siempre se burlaba de él eran los bikers del pueblo, los motociclistas.
Llegó el día de partir.
Burt se despertó súper temprano, casi sin dormir, abordó un taxi rumbo al puerto, y de repente empezó a escuchar unos motores.
Voltea por el vidrio trasero y se da cuenta de que vienen todos los bikers del pueblo en sus motos, detrás del taxi.
Esta gente viene de nuevo a humillarme, pensó.
De repente, el líder de la pandilla se acerca por la ventana en movimiento y le avienta un sobre.
Burt se pone los lentes. El sobre dice, escrito a mano: Beer Money. Dinero para cerveza.
Burt no entiende. Lo abre.
Está lleno de dinero.
Todos los bikers habían cooperado de sus ahorros para apoyar el sueño de Burt.
La misma gente que siempre se había burlado de él, ahora lo estaba apoyando.
Burt voltea a verlo, y el líder le dice:
No nos falles.
Y aquí hay una moraleja potentísima.
Cuando vas detrás de un sueño grande, claro que habrá obstáculos.
Pero te firmo que siempre, de alguna manera, aparecerán personas que te van a ayudar y nunca lo viste venir.
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Burt cruza el Pacífico lavando platos durante semanas, y finalmente llega a Bonneville.
Imagínate la escena.
De un lado, los equipos top del mundo. Camiones hermosos, mecánicos uniformados, cronómetros de precisión, motocicletas último modelo.
Del otro lado, llega solo un viejito de Nueva Zelanda con una moto de 40 años amarrada con alambres.
Los oficiales lo voltean a ver, se ríen, y le dicen:
Compadre, tú no estás inscrito. No puedes correr aquí.
Revisan la moto y le dicen textualmente:
This motorcycle is a death trap. Esta moto es una trampa mortal.
¿Y qué hace Burt?
No se pelea. No discute.
Se queda parado ahí con su moto, esperando, soñando, sin saber qué hacer.
Y entonces se acercan dos pilotos legendarios del motociclismo a los oficiales y les dicen:
Let the old man race. Dejen al viejo correr. Nosotros nos hacemos responsables.
Estos dos pilotos tenían tanta credibilidad que los jueces se echaron para atrás.
Y dejaron correr a Burt.
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1962, a los 63 años, Burt corre en Bonneville.
La moto era tan pequeña, tan apretada, que cuando Burt aceleraba a fondo, su pierna, sin traje especial de carreras, empezaba a rozar el tubo de escape al rojo vivo.
El tubo le empieza a quemar la pierna.
Burt siente el dolor extremo, siente que se está quemando.
¿Y qué hace?
Acelera a fondo.
No soltó. No frenó. No se quejó.
Cruzó la línea del cronómetro con la pierna quemada.
Esa fue su ofrenda ese día al dios de la velocidad.
Burt rompe su récord personal, pero todavía no el récord mundial.
Regresa a su pueblo, y la gente ya lo trata distinto.
Ya no es el viejo loco. Ahora es el motociclista más rápido de su historia.
Y Burt, obsesionado, juntaba su dinerito y regresaba a Bonneville cada cierto tiempo. Modificaba el motor, aumentaba la cilindrada, perfeccionaba la aerodinámica.
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Y llegamos al momento más importante.
Agosto de 1967. Burt Munro tiene 68 años.
Y este dato te tiene que sacudir.
Burt ya tenía una condición cardíaca diagnosticada grave. Angina de pecho avanzada.
Los médicos llevaban años diciéndole que no podía correr, que su corazón no aguantaba el estrés de esas velocidades.
¿Y qué hizo Burt con su enfermedad?
Obvio. Se fue a Bonneville.
Con el motor ahora ampliado a 950 centímetros cúbicos, todo trabajado a mano en su garage.
Y otra cosa que me parece hermosa, y que yo me llevo de aprendizaje:
Burt nunca se quejaba. Y nunca le contó a nadie de su condición cardíaca.
Qué mentalidad.
Burt hace su primera vuelta de calificación y deja al mundo entero sin aliento.
A los 68 años, en una moto de casi 40 años, hace una pasada a 305 kilómetros por hora.
Básicamente había roto el récord. Pero todavía no contaba oficialmente.
Las reglas exigían hacer por lo menos dos pasadas a esa velocidad.
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Burt regresa a la línea de salida, revisa la moto, arranca y empieza a subir y subir y subir.
Pero en esta segunda pasada sucede algo tenebroso.
Las condiciones de viento cambian.
La moto empieza a oscilar. A vibrar. Entre los motociclistas le llaman un wobble.
Y Burt empieza a reflexionar en milisegundos:
¿Qué hago? Si bajo la velocidad, no cumplo mi sueño.
¿Y qué decide?
Acelerar más. Una absoluta locura.
Cambia de posición sobre la moto, e inclina un poco la cabeza hacia arriba sin darse cuenta.
El viento a más de 300 kilómetros por hora es tan fuerte que le arranca los gogles.
Y Burt queda completamente ciego, a 300 kilómetros por hora, sobre una pista de sal.
Imagínate la escena. Dios mío, ¿cómo puede pasar esto?
Lo racional habría sido soltar el acelerador, frenar lentamente, ladearse y tirarse a baja velocidad.
Pero no es lo que hizo Burt.
Burt pensó:
Esta es posiblemente la última oportunidad que voy a tener en mi vida de cumplir este sueño.
Y siguió acelerando.
Hasta que la moto ya no pudo más, y entendió que era más seguro tirarse de costado que intentar frenar con tanta vibración.
A más de 300 kilómetros por hora, Burt ladea la moto y se tira.
La motocicleta empieza a dar vueltas sobre la sal mientras avanza.
Los mecánicos legendarios lo ven de lejos y dicen: el viejito ya se murió.
Todos corren hacia él.
Y de repente ven que se está moviendo.
Burt abre los ojos.
Burt, ¿qué pasó?
Y él contesta: Pues recosté la moto, tuve unos rasguños, nada más.
Pero Burt no estaba pensando en si se había roto algo.
Los voltea a ver como diciendo: compadres, ¿por qué me preguntan cómo estoy? Cuéntenme qué velocidad logré.
Y de repente todos sonríen.
Burt Munro, a los 68 años, con persistencia absoluta, entre burlas, humillación, una enfermedad cardíaca y todas las dudas del universo, acababa de romper el récord mundial de motociclismo de menos de mil centímetros cúbicos.
Y para cerrar con broche de oro:
Ese récord sigue vigente el día de hoy, más de 50 años después de que Burt arriesgó su vida para cumplirlo.
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Cómo implementar este aprendizaje en tu vida cotidiana
Te voy a contar una frase que comparten los pilotos de motos y de coches que me fascina:
Voy a detenerme en el momento en que cruce la bandera a cuadros, o en el momento en que llegue a conocer a Dios.
¿Qué hay detrás de esto?
Tu sueño va a ser dificilísimo. Vas a tener muchísimos obstáculos.
Vas a tener muchísima gente que te critique, y algunas serán las personas más cercanas a ti.
Pero si es un sueño importante, ya te lo he dicho en historias previas, no vas a poder descansar en paz, no vas a poder dormir en paz, si no lo persigues.
Y no importa si lo logras o no.
Mientras tú lo intentes y des lo mejor de ti, como Burt dio lo mejor de sí mismo, vas a entrar a un lugar de paz que solamente conocen las personas que hacen ese esfuerzo extra.
Los sueños se cumplen.
Aléjate del 97%.
Tu amigo,
Humberto.
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